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La odisea Por Nicolás Grab Como mi biografía no se enseña todavía en las escuelas, no tengo más remedio que empezar con dos palabras sobre mí para que puedas entender este relato. Cuando Armida y yo estuvimos exilados durante la dictadura, mi noble profesión de abogado no me resultó muy apta para cubrir las prosaicas necesidades materiales de la vida. Entonces me reciclé al noble oficio de la traducción documental y puse mis dotes al servicio de las Naciones Unidas y otras organizaciones. Después, vueltos del exilio, he seguido ejerciendo esa digna actividad que hasta hoy nos alimenta, y casi todos los años he condescendido a aceptar contratos para desempeñarla en Nueva York o en Ginebra. Así ocurrió que también en 2007 cumplí un contrato en Ginebra. Pero esa vez decidimos con Armida viajar unos días antes y pasar una semana con parientes que viven en Suecia, cerca de la hermosa ciudad de Borås, así con å. Como teníamos una escala en París, compramos una ida y vuelta París‑Gotemburgo. Esa escala en la ida, en el Aeropuerto Charles De Gaulle de París, dio lugar a un contratiempo menor: yo llevaba un portafolios, y cuando estábamos entrando en el avión para Suecia advertimos que ese portafolios no me acompañaba. Hay diversas escuelas de pensamiento sobre dónde y cuándo lo dejé, pero importa menos dilucidar ese detalle que consignar el hecho. El portafolios no estaba. No era muy grave porque en realidad solo contenía nuestros pasajes de avión para seguir viaje a Ginebra y después volver a Montevideo, mi contrato para trabajar en Ginebra, el certificado médico que me habilitaba para hacerlo, los documentos del auto que íbamos a usar, los enseres de la lentilla de mi ojo derecho, una camarita de fotos y su cargador y unas cuantas cosas de interés aun menor. Llegados al aeropuerto de Gotemburgo, planteamos el asunto en la oficina de Air France y una amable señora prometió trasmitir nuestra inquietud al aeropuerto de París y hacernos saber las novedades que recibiera. Efectivamente recibimos noticias: mi portafolios había sido encontrado y gozaba de buena salud. Nos darían pases de embarque para volver a París; allí recogeríamos el portafolios, y a otra cosa. En esa escala teníamos cuatro horas, tiempo sobrado para un trámite tan sencillo. De modo que dejé a Armida con nuestro equipaje de mano en una sala de Air France y recorrí con paso ágil y decidido los no muchos kilómetros que median entre la puerta 33 de la Terminal F y la oficina de objetos perdidos del Aeropuerto, situada en la Terminal C, donde según la información de un amable funcionario tendría que estar mi portafolios. Pasaré por alto los pintorescos episodios de la búsqueda bastante afanosa del lugar de destino para dar a este relato el mismo ritmo ágil y decidido que a mi caminata. Una vez que presenté mi pasaporte y tras la meticulosa descripción del objeto buscado, las circunstancias de su pérdida y los detalles de su contenido, se me hizo saber que de eso lo ignoraban todo con la ignorancia más absoluta y no podían imaginar con qué fundamento podía alguien haberme enviado allí. Pero su actitud fue constructiva porque me aconsejaron encaminarme a la oficina de objetos perdidos de Air France, con una explicación precisa del camino bastante complicado que debía recorrer. Llegado allí tras aventuras que no relataré para no incurrir en una prolijidad fastidiosa, un joven funcionario me explicó hasta qué punto era absurda la idea de que ellos pudieran saber algo de mi asunto, puesto que solamente les correspondía ocuparse de los objetos encontrados en los aviones. A partir de entonces hubo cierto viraje, o cambio, o punto de inflexión, en el tono general de las tratativas, porque me calenté como un chivo y armé un relajo de órdago a grito pelado, que causó cierto desconcierto aunque tuvo efectos útiles muy relativos. Acabé optando por volver al lugar de partida, desandando los pocos kilómetros que me separaban de Armida. Allí, en el francés más enérgico de que fui capaz, increpé durísimamente al funcionario que me había hecho caminar al santo cohete. Exigí su nombre, la presencia de su jefe y la solución inmediata de mi problema, todo lo cual impresionó más a algunos testigos que al increpado. Saltearé detalles que alargarían mi relato sin un interés acorde con el tiempo que dilapidarían, y diré simplemente que nos fuimos a Ginebra sin mi portafolios y sin saber si existía o no. El día siguiente llamé al aeropuerto de Gotemburgo y nuestra amiga de Air France me dio hasta el número asignado en París a mi portafolios en la sección de objetos encontrados, la misma en que yo había estado con el poco éxito que ya relaté. Con todo eso, ya en mi trabajo, envié un fax a la administración de los Aeropuertos de París, de cuya enérgica formulación podrás hacerte una idea conociendo la severidad de mi carácter y el grado de mi ira. Me imaginaba las frenéticas deliberaciones que se estarían sucediendo en el despacho del Ministro de Transportes para discutir la mejor forma de darme satisfacción, calmar mi enojo y hacerme llegar el portafolios con un adecuado y humilde ruego de disculpas. Pero como no hubo ninguna reacción, envié a los señores de los Aeropuertos de París un segundo fax en tono duro y escueto, con una fórmula de despedida cuya sequedad seguramente iba a causar gran alarma. Hice constar que enviaba copias al señor Secretario de Estado de Transportes y a la organización internacional en que estaba trabajando, todo lo cual hice. En Francia había entonces una especie de superministerio que reunía Medio Ambiente, Transportes y Vivienda (para explicarlo en términos propios de aquellos tiempos del primer gobierno del Frente Amplio: habían juntado a Mariano con el Toto). La página Web de la Secretaría de Estado de Transportes indicaba que los interesados debían enviar su correspondencia al Ministerio, es decir (te lo paso por si vos también tenés algún asunto que plantearle): Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla . Allí envié mi mensaje; adjunté los textos de mis dos faxes a los Aeropuertos de París y expuse que el ofensivo destrato que había sufrido y los perjuicios que me causaba me parecían dignos del conocimiento de esa autoridad, con cuyas medidas contaba y las agradecía anticipadamente. Todo lo cual no tuvo respuesta. Pero después una dama de los Aeropuertos de París me anunció que habían recibido mis dos faxes y me contestarían por correo electrónico. Apenas un rato después recibí un mensaje de una señora Christine Horvath, te doy el nombre por si alguna vez precisás un amigo ahí, con la grata noticia de que efectivamente tenían en su poder mi portafolios. Me indicaba el número de expediente (el mismo que yo les había dado a ellos), me explicaba que me lo entregarían a mí o a mi apoderado, y que cierta empresa cuyos datos me facilitó se ocupaba del transporte en esas situaciones. Me puse entonces en comunicación con la tal empresa, "Bagages du Monde", o "BdM" para los amigos. Su método consistía en retirar el objeto en nombre del propietario y mandárselo, pero confiando el transporte a los competentes servicios de Federal Express. Una vez que me hube aligerado de 135 euros en beneficio de "BdM", se me aseguró que FedEx me entregaría mi portafolios el lunes siguiente a más tardar. Pensaba yo entonces que la historia estaba liquidada. El portafolios había sido localizado, su paradero estaba reconocido por quienes lo tenían en su poder, y el procedimiento para recuperarlo estaba en marcha. En tales condiciones, la evolución ulterior de los acontecimientos era de total evidencia. Es decir: era evidente para mí que en los días siguientes recuperaría mi portafolios, y era evidente para Armida que el portafolios estaba perdido para siempre. * * * * * Llegados a esta situación, comenzó a intervenir un protagonista inesperado: la Divina Providencia. No te extrañe que diga esto un descreído como yo. Hasta yo comprendo que solo a un poder sobrehumano se le podía ocurrir, después de todos los quilombos anteriores, organizar todavía un despiole como el que se armó. No me parece que para eso baste la imaginación de ningún ser humano, por muy alma podrida que sea. Aquí, si esto fuera una película, mi rostro serio se inmovilizaría y el cuadro se oscurecería de a poco en un fundido a negro, en silencio: un silencio en que quedarían flotando mis últimas y solemnes palabras. Después se produciría uno de esos cambios de plano temporal, o como llamen eso los que hacen cine, que llevaría a los espectadores a una realidad de otro tiempo y lugar. Estamos en París. Es de tarde. Un camión de Federal Express se detiene ante la sede de BdM. Un caballero que luce con orgullo el honroso uniforme de Federal Express entra en el edificio y recibe un paquete. Tecletea datos en una maquinita mágica que lleva consigo, de la que sale un recibo que entrega: el 24 de setiembre de 2007 a las 16.21 ha recibido el paquete en nombre de FedEx. A partir de este momento, mi portafolios ha cambiado de naturaleza. Transmutación, milagro: ya no es un portafolios. Es el envío 860448923400 de Federal Express, en viaje de París a Ginebra, un viaje cuyos pasos, empezando por esa entrega a las 16.21, se pueden seguir al instante en Internet. ¡Siglo XXI, has llegado! No sé los procedimientos internos de Federal Express, y nada más alejado de mi espíritu que inventar nada. No puedo decir, por lo tanto, cómo se decidió el destino del envío 860448923400. Pero sí sé lo que ocurrió. El dedo etéreo de la Divina Providencia roza el envío 860448923400, o la cabeza del tipo que decide qué se hace con él. Y el envío 860448923400 marcha al avión de la flota de Federal Express que esa madrugada, a las 4.40, sale de París a Dubai. Has leído bien: a Dubai, hermosa ciudad de los Emiratos Árabes Unidos que seguramente nunca conoceremos porque ni el ansia de conocer mundo ni la holgura de los bolsillos nos van a llevar allí. Según parece, Federal Express tiene en Dubai un centro de distribución. Puede caber la duda, entonces, sobre si ese destino tan curioso para un objeto que tenía que ir a Ginebra, a una horita de avión o cuatro de tren, se debió al toque angélico de un Poder Superior o simplemente a que el encaminamiento al destinatario se decidiría allí, que para eso están los centros de distribución, para distribuir. Lo cierto es que el día 25, antes de que el Astro Rey trajera la luz del día, el envío 860448923400 aterrizó en Dubai. Conviene que intercale aquí una aclaración que tal vez nazca de mis pruritos de abogado ex. Las cosas que estoy contando, incluso el detalle de las horas precisas, tienen respaldo de prueba fehaciente. En aquel tiempo, y hasta bastante tiempo después, era posible corroborarlo en cualquier computadora con solo ir a una dirección de Internet que todavía te puedo citar: http://smallbusiness.yahoo.com/resources/fedexDetail.php?t=860448923400 tc=1. Muy bien. Estamos en Dubai. ¿Qué se hace con el envío 860448923400? Pues es muy simple. Si está dirigido a Ginebra, lo mandamos hacia allí. Lo ponemos en un avión a París, que ahí les queda a un paso. Y el mismo día 25 de setiembre, a las 16.35, el envío 860448923400 llega al Aeropuerto de París. El mismo en que yo perdí mi portafolios. Pero ahora… ¡oídos a la música, mis amigos! Porque si aquel sorprendente envío a Dubai podía dejarnos la duda entre la intervención divina y un procedimiento burocrático curioso pero no sobrenatural, lo que ahora sigue no me parece que admita ninguna vacilación. Aquí, ahora, estamos ante la esencia pura y manifiesta de lo sobrehumano; la demostración concluyente e irrefutable de que el milagro existe, de que hay cosas que trascienden el entendimiento, de que las pretensiones de conocer, de saber o de comprender son vanidades que solo ilustran la endeblez de todo lo humano; de que basta un hálito de lo Trascendente para hacer de nuestra jactanciosa razón, a despecho de nuestras fútiles ilusiones, el polvo efímero que nunca dejó de ser. ¿Estás sentado/a? ¿Sí? Bueno: ahí voy. Un soplo imperceptible del Hálito Divino vuelve a rozar el envío 860448923400, o le revuelve el jopo al tipo que lo manipula. Eso yo no lo vi. Pero lo que se sabe es que el día siguiente, 26 de setiembre de 2007, el envío 860448923400 despegó de París y después de un vuelo que aparentemente no tuvo contratiempos ni novedades dignas de mención aterrizó a las 15.09. En Dubai. ¡Sí!: en la bella ciudad que no es la capital de los Emiratos Árabes Unidos, que es otra y se llama Abu Dhabi, pero es la capital de uno de los emiratos que forman ese hermoso país. Te doy estos detalles porque nunca se puede saber, capaz que alguna vez pedís pizza por teléfono o hacés un pedido a la farmacia y el tipo de la motocicleta se lleva la Margarita o el Dulcolax a Dubai. Así, con los datos que te doy, si llega a pasar algo de eso, por lo menos tendrás la información necesaria sin las averiguaciones que yo tuve que hacer. Te podrás imaginar que durante esos días no me quedé esperando sentado. Como no había comprendido todavía la intervención de la Divina Providencia, o mis relaciones con ella no eran muy propicias para que entabláramos una discusión constructiva, dirigí mis protestas primero a la gente de BdM y después a Federal Express, día tras día. Esto también es una experiencia pintoresca. Como toda empresa mundial que se respeta y que no escatima esfuerzos ni gastos cuando se trata de satisfacer a sus clientes, Federal Express te ofrece un número de teléfono gratuito. Solo que después de tenerte con que en inglés el 1 y en alemán el 2 y en francés el 3 y en italiano el 4, y que si querés tal cosa marcá tal número y si querés tal otra apretá tal otro, y al final de todo la musiquita interminable, acaba apareciendo por fin una voz que tanto puede estar en Calcuta como en Pando y te atiende con mucha cortesía. En esas cordiales pláticas recibí explicaciones en cuyo detalle no entraré, pero terminaron (después de la segunda peregrinación a Dubai) con que me revelaron que había ocurrido un error y lo lamentaban, pero mi envío vendría lo antes posible a Ginebra. Tomá para vos, para tu señora tía la Gregoria y para todos los mal pensados como vos y tu tía Gregoria. Efectivamente pude comprobar en Internet, y vos podrías corroborarlo si no hubieran pasado cuatro años, que el envío 860448923400 salió de Dubai el 27 de setiembre y a la hora 20.25 aterrizó en el Aeropuerto de París, el mismo en que yo perdí mi portafolios. El viernes 28 de madrugada, a la 1.19, salió hacia Suiza y pasó la aduana en Basilea. A las 11.16 lo embarcaron en tren a Ginebra. Esa mañana me llamó por teléfono una amable señora para concertar la entrega y advertirme que solo podría ser el lunes. Le propuse pasar yo a recogerlo, y a las 18.34 de ese mismo viernes tuve en mis manos una enorme caja que adentro tenía otra caja, que adentro estaba llena de cositos de plástico blanco en medio de los cuales flotaba seráficamente... mi portafolios. Adentro estaba absolutamente todo; incluso habían puesto en un bolsillo los faxes guaranguísimos que yo había enviado para reclamarlo. Y estaban los cuatrocientos veinte pesos uruguayos que no podían interesar a nadie, pero también una bolsa de plástico transparente con monedas de euro que le podían interesar a cualquiera. Decime vos quién los entiende. * * * * * ¿Vos sabés de algo o alguien que haya estado en Dubai dos veces? Yo tengo un portafolios que estuvo.
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