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AL PIE DE LAS LETRAS De las fiestas de La Coruña a las vacaciones en Salinas Por María Soledad Capelán (*)
Después de uno de los tantos enojos con mi madre , mi abuela decidió ir con mi hermana y conmigo a encontrarse con Alicia y sus hijas, que eran nuestras amigas a tomarse un cafecito en el boliche de la esquina. Mi mamá, murmuraba porque no había sido invitada y tenía que continuar trajinando en la casa y encargarse de mi hermanito de apenas un año. Nos aprontamos y allá salimos las tres muy preparadas al paseo. Llegamos de inmediato al bar, en los bajos del edificio. Alicia, Carolina y Lulú aún no habían bajado. Nos sentamos a esperarlas y mi abuela ve en una esquina una máquina tragamonedas, recientemente instalada.
Hete aquí que mi abuela, mira la máquina, nos mira a nosotros, vuelve a mirar la máquina, con enormes signos de interrogación en sus pupilas. Ni tiempo nos dio a responder, cuando ya estaba frente a la máquina intentando descubrir como funcionaba. Mi hermana ni tonta ni perezosa, se lo explicó con lujo de detalles. Y mi abuela, a la que le encantaban los juegos de azar, sacó todas las monedas que encontró en sus bolsillos y en los nuestros y se puso a jugar. Para nuestra sorpresa, ganó en su primera jugada. En el mismo momento en que una lluvia de perras brotaba de la máquina llegan Alicia y las chiquilinas, las cuales con sus enormes ojos azules y una pícara sonrisa, no sabían si saludar o ayudar a recoger las monedas. La abuela no paró ahí. Continuó insertando monedas y lo increíble, continuó ganando. Llegamos a pensar que la máquina funcionaba mal, pero era la suerte de los principiantes. Mi hermana y Alicia, prácticamente arrancaron de la máquina a la abuela que se encontraba al borde del colapso, antes de que el patrón del boliche se diera cuenta de su suerte y nos sacara a patadas. La sentaron para tomarse el café y la copita de coñac que lo acompañaba, mientras ordenaban y contaban las monedas ganadas, en tanto todos proponíamos como gastarlas. La decisión fue unámine, irnos a los Cantones, a la fiesta de La Coruña, con la promesa de la abuela de que nos íbamos a divertir de lo lindo. Cuando llegamos fue como entrar en un éxtasis profundo; habíamos ido muchas veces al parque, pero ésta era distinta: ¡podíamos gastar todo lo que quisiéramos!. Y así lo hicimos: subimos todas las veces que quisimos, a todos los juegos que se nos antojaban; compramos todo aquello que sabíamos, no nos iba a servir de nada; comimos todo aquello que se ofrecía a nuestro antojo, y, por último, decidimos irnos. De pronto entre las atracciones del parque, surgió un nuevo juego, uno que no habíamos notado antes. Se llamaba, "El barco de Tom Sawyer". Era una réplica exacta (aunque no en el tamaño) de los barcos de vapor que surcaban el Missisipi. No dudamos un minuto, no podíamos dejar de entrar en un barco de vapor tan encantador como ese. Compramos boletos para todos y subimos. Al entrar, me sentí un poco desilusionada: teníamos que caminar por unos pasillos poco iluminados, donde el piso se movía, primero, las tablas iban hacia delante y hacia atrás, luego subían y bajaban, más adelante, y para hacerse una idea, había unos pequeños barriles incrustados en el piso, que giraban. Hasta allí todos nos manejamos sin mucha emoción, sin saber que lo peor estaba por comenzar. Finalizando el recorrido y como última prueba, había un tonel sin fondo, de gran tamaño, recostado en el piso, que giraba no muy rápidamente. Como era bastante ancho, el secreto para cruzarlo, era, dar un salto, picando a mitad de camino, y ser recogido por dos muchachos, encargados de ésta tarea. Las primeras en llegar al barril fuimos Lulu y yo, que lo pasamos sin problemas gracias a la ayuda de los encargados. En tercer lugar, llegó Iana que tampoco tuvo dificultades en cruzarlo por sí sola. La siguiente para cruzar, era la abuela. En cuanto vio lo que le esperaba, se dio media vuelta para intentar salir por donde había entrado. Después de los alientos de todos tales como: - ¡Dale abuela que es fácil! - ¡Anímese Queta que Ud. puede!, etcétera. La abuela, en un acto de valor, tomó impulso y con cara de coraje, saltó. Lamentablemente, toda su disposición la dejó a mitad de camino. Nosotros nos mirábamos azorados sin saber como remediar que la abuela siguiera dando vueltas en el barril. De pronto se escuchó un grito de guerra. En un acto de heroica desesperación Alicia había pegado un salto hacia dentro del barril, se había determinado rescatar a la abuela. Lamentablemente, ella también cayó. El cuadro cada vez empeoraba más. Los pobres encargados, estaban petrificados. Las dos en cuestión, hacían tremendos esfuerzos por incorporarse, cosa que no conseguían. Iana decidió que la situación no se podía extender mas, era precisa su rápida intervención. Con todo el brío de su juventud, mas la nobleza de la causa, respirando profundo y enfrentándose cara a cara con el peligro, dio un gran salto, para caer justo en medio de la abuela y Alicia. El encargado, no soportando mas la situación se tiró también; por lo menos le quedaría la conciencia tranquila de que algo había hecho. A todo esto la gente seguía entrando al barco, pero la haber cuatro cuerpos rodando justo a la salida, se habían ido amontonando en los pasillos, y lo que había empezado como un murmullo de inquietud fue in crescendo hasta convertirse en fuertes insultos, llantos de niños, gritos histéricos de claustrofóbicos, etc. Una muchedumbre se había aglomerado en torno al barco, que compraba boletos desesperada, pensando que se trataba de algún estilo de La Casa del Terror. Mientras, la abuela, Alicia, Iana y el encargado, seguían rodando El segundo encargado, un poco mas joven que el primero, estuvo meditando la situación unos instantes y por fin se le ocurrió la brillante idea de detener el motor que hacía girar al barril. Con el juego momentáneamente paralizado, la abuela, Alicia, Iana y el encargado, lograron incorporarse, entre risotadas y aplausos del público presente. Habiendo recuperado medianamente el sentido, la abuela se percató de que afuera, estaba atardeciendo, lo que indicaba que hacía muchas horas que habíamos salido de casa, a lo que supuestamente sería una corta caminata. Dada la urgencia de volver a casa, salimos corriendo del parque y tomamos el primer taxi que pasó. Al llegar a la puerta de nuestro edificio, nos dimos cuenta del error que habíamos cometido al no avisarle a mamá que tardaríamos mas de lo previsto. En la puerta habían tres patrulleros, dos ambulancias y una comisión de vecinos que se había formado para buscarnos. En ese momento, tanto la abuela, como Iana y yo, habríamos preferido mil veces que nos secuestrara el crimen organizado a tener que enfrentar a mamá sin otra excusa que: "es que la estábamos pasando tan bien que no nos dimos cuenta." Como resultado de ese día, la abuela tuvo prohibidas las salidas sola y muchos menos con Alicia, a Iana y a mí se nos prohibió interceder entre nuestra madre y nuestra abuela, y en el barco de Tom Sawyer se le prohibió la entrada a los mayores de sesenta años. (*) María Soledad Capelán, es uruguaya, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes y está radicada en Barcelona, España. Escribió este cuento en 1993 a los 14 años de edad.
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