El Uruguay del siglo veintiuno solo podrá imaginarse entendiendo algo de este confuso mundo de la información en tiempo real, el petróleo en vías de extinción y más caro de la historia, la era de los estados nacionales en retroceso ante el imperio de los mercados, la medicina milagrosa e inimaginable hace unas décadas y el África con el porcentaje más alto de infectados con HIV, la mirada cuidadosa o ambiciosa sobre las reservas de agua, los brotes de xenofobia y las normas excluyentes de la gente a lo largo y ancho del mundo desarrollado.
Mas habrá alguna mínima posibilidad de imaginarse ese futuro incierto, desafiante, paralizante en el temor o incentivo para nuevas aventuras profundamente humanas, si le sabemos echar una mirada crítica, desprejuiciada, rigurosa a nuestro pasado y en especial al último medio siglo de esta “aldea celeste” inserta en el mundo.
La suma de una mirada atenta al mundo y la comprensión de nuestro “de donde venimos”, son las premisas inexcusables para aportar a una muy difícil tarea nacional:
1. Encarar las inseguridades ciudadanas de hoy, los dolores de este tiempo, la afirmación de logros en construcción, el impulso a los optimismos razonables, la atención efectiva a los más desprotegidos, mantener y mejorar los niveles de empleo y de crecimiento económico, intentar la mejor integración a la región y al mundo.
2. Asumir plenamente nuestras fragilidades que devienen de nuestra dependencia de los precios internacionales de los productos alimenticios y materias primas de nuestras exportaciones, del menguado valor agregado de dichos productos y de las graves debilidades en el plano energético, entre otros elementos.
Creemos:
- Que la edificación de buenas cosas para la convivencia de nuestra gente supone esfuerzos con mucho sudor, imaginación, cabezas abiertas, y seriedad que no excluye sino que convoca la alegría de estar aportando al debate democrático, a la construcción colectiva, a la revitalización del verbo de la solidaridad.
- Que revertir las mencionadas fragilidades requiere esfuerzos de creatividad, de innovación, de investigación en que los aportes académicos son obviamente insustituibles.
- Que los bienes culturales no son adornos ni reflejos de la sociedad, sino energías críticas y transformadoras que pueden aportar a las mejores causas de ella.
- Que el papel de las diversas fuerzas sociales y sus organizaciones pueden y deberían ir siempre más allá de la defensa de sus legítimos intereses sectoriales.
- Que debemos mirar sin temores las debilidades nacionales que no tienen procedencia económica ni atañen a nuestra pequeñez material en el globo terráqueo, sino a nuestras limitaciones para materializar el más difícil de los cambios: el de nuestras cabezas.
- Que en el terreno político será imprescindible la audacia para construir políticas de Estado, de cimientos sólidos y largo aliento.
- Que en ese mismo terreno sería mejor que las ideas se valoraran más por su contenido y menos por su origen.
Desde esas pautas orientadoras muy generales, nos proponemos contribuir a la reflexión, a la crítica, a la edificación, desde esta publicación virtual.